Este es un tema muy superficial y no tiene más profundidad que la de la frivolidad del consumismo, la venta del cuerpo de la mujer y la explotación de su figura como mecanismo de generación de ingresos. Pero es que en esta oportunidad, como en muchas otras, pero especialmente en esta, el pobre pueblo colombiano ha sido víctima del caso de usurpación más descarado y trapero de los últimos tiempos.
El pueblo colombiano vive y se alimenta de ídolos e íconos temporales creados y destruidos por los medios. Y es así como un deportista “exitoso”, un actor de televisión, una modelo o una reina de belleza, entre otros; se convierten en instrumentos para movilizar masas en torno al orgullo nacional y al siempre tan soñado reconocimiento del país como un lugar de paz que es mucho mas que el principal productor de cocaína del mundo. Entonces los Juan Pablos Montoyas, los Juanes, las Shakiras, los Fernandos Boteros, los Pibes Valderramas y otros tantos ídolos pasajeros nacen y mueren constantemente, claro, ayudados por los medios tanto para lo primero como para lo segundo.
No pretendo entrar en juicios de valor, así que no diré si está bien o mal aferrarse a pasajeros héroes de papel y silicona, solo diré que esos ídolos son fundamentales para nuestra agobiada sociedad que día a día lucha contra el hambre, contra el desplazamiento, contra la violencia y contra otras tantas plagas que la asechan. Esos ídolos se han incrustado en nuestra cultura y se convierten en un aliciente para seguir luchando día a día, para decirle a los menos favorecidos que se puede salir adelante y que no hay que desfallecer.
Pero pobre pueblo, cuando no son sus mismos héroes los que olvidan su papel y envueltos en la mediocridad lo defraudan, son terceros que, gracias a nuestra mala imagen internacional, consideran que no somos dignos de ganar nada, entonces sin ningún argumento de peso y con cierto tufo discriminatorio, destronan a nuestros merecidamente entronados compatriotas. Tal es el caso de los más recientes hechos en el concurso de belleza de Miss Universo, donde nuestra candidata demostró una belleza y seguridad arrolladoras, lo cual fue confirmado por los jueces, quienes en sus desfiles la calificaron con los puntajes más altos, logrando estar siempre sobre las demás competidoras. Ya entre las cinco finalistas nuestra representante, tal vez por los nervios, contestó algo diferente a lo que le estaban preguntando, lo cual no considero grave, ya que de todas formas su respuesta fue interesante y además, no nos digamos mentiras, el evento se centra en la belleza, es decir en lo físico. Finalmente el triunfo fue para la venezolana y no digo que fuera fea, pero en realidad el título debió ser para la colombiana, quien desde un principio demostró estar muy por delante de las demás competidoras.
No dejo de pensar en la orden que del señor Donald Trump tuvieron que haber recibido los miembros del jurado, entre los que se encontraba su hijo, ordenándoles seleccionar a cualquiera menos a la colombiana. Por qué????, solo lo sabe él, pero de algo si estoy seguro, y es que nuestra mala fama en el exterior nos pasa factura cuando mas cerca estamos de alcanzar los logros que nos merecemos, cuando mas nuestro pueblo sueña con una victoria que le dé de comer por unos meses mas, cuando creemos que esta vez si va a ser porque hemos sufrido tanto que creemos que alguien se va a compadecer y nos va a recompensar. Esta, como tantas otras veces, nos quedamos sin trono ni reina, más bien con virreina, y sin comprender por qué y sin nadie que nos comprenda.
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